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viernes, 14 de agosto de 2020

Jaime Garzón. La voz que suena en la conciencia de una generación.

Por 
Diego F. López Gómez


Se acaban de cumplir veintiún años del asesinato de Jaime. Impúdicamente hay un manto de sombras sobre los culpables, su individualización, captura, proceso y condena. Sin embargo, y contrario a lo que quisieron sus asesinos, silenciarlo y desaparecer su voz, hoy la voz de Jaime y sus palabras lucen más vivas que nunca, trazan rutas entre las mentes y orientan discusiones sociales en miles de jóvenes que empiezan a asumir ese gran reto que nos dejó Jaime: “si ustedes los jóvenes no asumen la dirección del país, nadie va a venir a salvárselo”.

A propósito de las ya celebres máximas de Jaime Garzón, de su pensamiento y su manera de confrontar el devenir del país, quiero formular algunos apuntes alrededor de sus ideas más representativas propuestas en una de las conferencias más vistas y en la que en medio de su humor característico, postuló lo que se ha constituido en ideario para proponerse un modelo de país más justo y que valga la pena para todos.

Recuerdo el video de la conferencia con bastantes detalles, el auditorio completamente lleno y se percibía el aumento de temperatura, era catorce de febrero del noventa y siete, el clima de violencia en el país atemorizaba, la guerrilla de las FARC recrudecía las tomas guerrilleras y las convivir se transformaban, contra la sentencia de la corte, en los grupos de Autodefensas, que terminarían por absorber a las más de cuatrocientas convivir existentes a lo largo y ancho del territorio nacional. 

La comodidad de la lamentación.

Entre mis recuerdos de niño tengo algunas veces que en la casa o los vecinos del barrio hablaban de la tragedia del país, de la falta de oportunidades y en general de lo agobiante de cada nuevo escándalo de corrupción de la época: La represa del guavio, el extermino de los integrantes de la unión patriótica UP, el apagón, la apertura económica, foncolpuertos, el proceso ocho mil, dragacol, etc; pero siempre terminaban cambiando de tema y hablando de temas menos amargos, como si con no hablar de ello, se desaparecieran o como si solo con lamentarse se produjera la anhelada catarsis. Sobre este punto inició Jaime su conferencia aquella vez y lo llamó la comodidad de la lamentación; es fácil mencionar lo profundamente mal que estamos, lo terrible de la situación del país y del mundo y con ello entramos al lugar común, a la comodidad de tener en común la queja, una queda que se dilata en la conversación y vuelve al lugar seguro hasta una próxima oportunidad. 

A muchos jóvenes aquella tarde y a todos quienes hemos visto la conferencia, sin duda que esta apreciación fue un fuerte llamado de atención y es evidente que los jóvenes hemos venido haciendo el proceso, por ello anima ver que ya no solamente hay una queja permanente y una puesta en la palestra de las incongruencias de la administración y el Estado mismo; sino que se oye cada vez más voces y propuestas sólidas para avanzar como sociedad y superar las paradojas del realismo mágico. Es el rumbo que debemos continuar: Dialogar y actuar.

Hallar una identidad y construirla en la educación.

Sin dudas que no fue Jaime Garzón el primero en percatarse que el colombiano adolece de Ser, es decir, de un ethos cultural constituyente y sobre todo, consciente. Un mal heredado de la colonia para toda Hispanoamérica. En su ensayo sobre la América mestiza, William Ospina habría de desarrollar estas ideas y antes que ellos José Martí, José Vasconcellos y Alfonso Reyes lo hicieron con maestría. Pero aquella Tarde Jaime lo dijo sencillo y diáfano, sin ningún cariz. Hasta que dejemos de anhelar otras latitudes como patria, hasta que ahoguemos el “American Dream” y el “revê européen” , no tendremos la oportunidad de reconocernos en nuestro territorio y darnos cuenta de lo valioso que tenemos, más allá de la postal  y del concebido primer lugar en biodiversidad, las mejores esmeraldas, el mejor café y el mejor himno, todo ello vació y sin significado real para la consolidación de una identidad comunitaria que nos renueve el aprecio por el pensamiento ancestral, el equilibrio de habitar en el mundo con sus riquezas que merecen ser preservadas.

Este gran camino no llega de forma mágica, ni viene de la mano de ningún emporio y trasnacional industrial, ni de ningún modelo preestablecido; se construye mediante el fortalecimiento de la educación; primero como un acto de rebeldía, casi individual, familiar, hasta la exigencia de procesos estatales que cualifiquen no solo técnicamente, sino que sensibilicen al ser colombiano en el marco de dar solución a las necesidades de un pueblo que avanza desplegando consciencia. 

Hay ya un rio de voces que clamamos por la educación, que nos damos a los procesos educativos con la convicción de ser la más efectiva herramienta para generar cambios profundos y duraderos, esa convicción suena cada vez más fuerte y hemos salido con más jóvenes a exigir y a construir la educación, como Jaime aquella tarde convocaba.

¿Es posible que la solución venga de los mismos que han estado en el poder y no han hecho nada?

Una pregunta retórica, una pregunta que encierra su respuesta y nos estalla como colectivo. Por qué hemos permitido que sigan saqueando el país, ¿Cómo lo han hecho?, ¿Qué tanto de idiota o de inocente debe tenerse para permitir semejante acto de estulticia? 

Durante los años del frente nacional, los cabecillas de los monopolios políticos acordaron repartirse las riquezas del país, mientras más de veintitrés millones de colombianos padecían el olvido del Estado, la pobreza se convertía en el caldo de cultivo apropiado para surtir de mano de obra barata a los grupos criminales que recibieron la marihuana, más tarde la coca, como la solución a la miseria en una economía de subterfugio en la que las riquezas del dinero ilícito se dividían de la peor manera, al igual que la muertes por hacerse al poder y por supuesto los gamonales partidistas se desentendían. Cuando quisieron participar del negocio la crisis se desató. Sus hijos volvían del extranjero como quien debe volver a casa para no dejar decaer sus feudos sabiéndose fracasado en el viaje y la cultura de la riqueza fácil había permeado gran parte de la sociedad.

Esa realidad tan palpable, la expuso aquella tarde Jaime entre risas del auditorio, pero también sembró profundas inquietudes sobre la necesidad de encontrar verdaderos líderes políticos que dejaran atrás a los caudillos, que comprendieran el valor de la pluralidad y los consensos.

Los medios de comunicación venden de todo.

En un momento de la charla, el sino del presagio pareció posarse en las palabras de Jaime: “Álvaro Uribe Vélez es peligrosísimo”;  mas no fue un acto misterioso o iluminado, es el resultado de quien confronta y se adentra en los discursos y las afirmaciones, quien, como decimos “no come entero” sobre todo a los medios de comunicación, que desde siempre han estado al servicio de quien pueda contratarlos o en el peor de los casos se adueñe de ellos para ponerlos como un megáfono de sus acentos y necesidades. 

Desde la perspectiva de hoy, más de 22 años después, nos preguntamos: ¿cómo es que no lo vieron?, ¿cómo es que no se pudo detener y con ello la muerte inescrupulosa de miles, tal vez cientos de miles en una tormentosa vorágine genocida? 

Los pocos periodistas valientes, fueron asesinados, incluido Jaime, muchos otros debieron salir del país con lo que tenían encima y los medios se consolidaron con el poder para movilizar el poder.

De Jaime nos queda todo, de sus ideas y sus luchas, quedan grandes lecciones que las nuevas generaciones han ido tomando, se han abanderado y las empezamos a concretar. Sí, en primera persona del plural, porque entre tantas cosas heredadas de Jaime debe quedar el valor de la unión; no se construye país con la arrogancia del Yo ni con la displicencia y el desplazamiento en el otro, ustedes; menos con la desidia de los mismos, “ellos”; ¡lo lograremos nosotros!

1 comentario:

  1. Excelente, nos permite recordar lo importante que Garzón fue y seguirá siendo para quienes creemos en defender y hacer ver lo que esta mal.

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